Cuando se habla de amor propio, suele pensarse en adultos que aprenden a valorarse, a ponerse límites o a cuidar su bienestar emocional. Sin embargo, el amor propio no aparece de un día para otro en la vida adulta. Sus primeras raíces se forman mucho antes, incluso desde los primeros meses de vida. Aunque un bebé no pueda nombrarlo ni comprenderlo de forma consciente, sí puede sentirlo. Y ese sentimiento se construye a partir de cómo es cuidado, mirado y acompañado.

El amor propio en la infancia no se enseña con palabras, sino con experiencias. Cada gesto cotidiano, cada respuesta sensible y cada momento de conexión va dejando huellas que el niño integrará como una percepción interna de valor y seguridad.
El bebé como persona valiosa desde el inicio
Un bebé no necesita “hacer” nada para merecer amor. No debe portarse bien, sonreír o cumplir expectativas. Es valioso simplemente por existir. Cuando los adultos que lo cuidan reconocen esto, lo transmiten de manera sutil pero constante.
Responder al llanto, respetar sus tiempos, hablarle con cariño y tratarlo con respeto comunica un mensaje profundo: “tú importas”. Ese mensaje, repetido día tras día, se convierte en la base del amor propio.
Desde los primeros meses, el bebé comienza a construir una imagen interna de sí mismo a partir de la forma en que es tratado. Si sus necesidades son atendidas con sensibilidad, aprenderá que merece cuidado. Si es ignorado o desatendido de manera constante, puede empezar a percibir el mundo como un lugar inseguro y a sí mismo como poco valioso.
El cuerpo también aprende a sentirse querido
El amor propio no es solo emocional, también es corporal. El cuerpo del bebé aprende a sentirse seguro a través del contacto físico respetuoso. Abrazos, caricias, masajes suaves y el contacto piel con piel ayudan al bebé a desarrollar una relación positiva con su propio cuerpo.

Cuando el cuidado corporal se realiza con calma y respeto —al cambiar el pañal, al bañarlo o al vestirlo— el bebé experimenta su cuerpo como algo digno de atención y cuidado, no como un objeto que se manipula con prisa.
Este tipo de experiencias tempranas influyen en cómo, más adelante, el niño se relacionará con su cuerpo, sus sensaciones y sus límites.
Escuchar y responder: la base de la autoestima temprana
Aunque un bebé no hable, se comunica constantemente. A través del llanto, los gestos, las miradas y los movimientos, expresa necesidades y emociones. Cuando un adulto observa, interpreta y responde a esas señales, el bebé aprende que sus emociones tienen sentido y son válidas.
Este proceso es fundamental para la construcción del amor propio. Un niño que crece sintiendo que sus emociones son escuchadas desarrolla una autoestima más sólida. Aprende que lo que siente importa y que puede confiar en los adultos que lo rodean.
No se trata de responder de manera perfecta, sino de intentar comprender y acompañar. Incluso cuando el adulto se equivoca, el simple hecho de estar presente y dispuesto a conectar tiene un impacto positivo.
Rutinas de cuidado que fortalecen el amor propio
Las rutinas diarias son oportunidades valiosas para reforzar el amor propio desde la infancia. Momentos como la alimentación, el baño o la hora de dormir pueden convertirse en espacios de conexión emocional.

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Una rutina predecible, realizada con calma y afecto, brinda seguridad. El bebé aprende que sus necesidades serán atendidas y que hay un orden confiable en su entorno. Esta sensación de seguridad es uno de los pilares del amor propio.
Hablarle durante las rutinas, anticipar lo que va a suceder y respetar su ritmo son formas sencillas de comunicar cuidado y consideración.
El rol del adulto: modelo de amor propio
Los bebés aprenden observando. Aunque no comprendan palabras complejas, sí perciben el estado emocional de quienes los cuidan. Un adulto que se trata con respeto, que reconoce sus límites y que se cuida a sí mismo transmite, sin decirlo, una forma saludable de relacionarse consigo mismo.

Esto no significa que los adultos deban ser perfectos. Mostrar cansancio, pedir ayuda o expresar emociones de manera regulada también es una enseñanza valiosa. Le muestra al bebé que cuidarse es importante y legítimo.
El autocuidado del adulto no es egoísmo, es parte del cuidado del bebé.
Amor propio no es sobreestimulación ni exigencia
A veces, en el intento de “dar lo mejor”, se confunde el amor propio con la sobreestimulación o la exigencia temprana. Llenar al bebé de actividades, estímulos o expectativas no fortalece su autoestima.
El amor propio se construye en un entorno donde el bebé puede ser quien es, sin presiones. Respetar su ritmo de desarrollo, permitirle descansar, explorar y equivocarse es una forma profunda de cuidado.
Un bebé no necesita ser estimulado todo el tiempo, necesita sentirse seguro y aceptado.
Las pequeñas experiencias que dejan grandes huellas
Mirarlo a los ojos mientras se le habla, sonreírle con ternura, consolarlo cuando llora, celebrar sus pequeños logros sin exigir más de lo que puede dar. Estas experiencias, aunque parezcan simples, son las que construyen una base emocional sólida.

Con el tiempo, ese bebé se convertirá en un niño que confía en sí mismo, en un adolescente que se respeta y en un adulto que reconoce su propio valor.
Febrero: Celebrar el amor que empieza desde dentro
Febrero suele ser un mes asociado al amor hacia los demás, pero también es una oportunidad para reflexionar sobre el amor que se siembra desde el inicio de la vida. El amor propio no se enseña con discursos, se construye con cuidado, presencia y respeto.

Cada gesto de atención, cada respuesta sensible y cada momento de conexión está formando algo mucho más grande de lo que parece: la manera en que ese bebé se verá a sí mismo en el futuro.
Porque el amor propio no empieza cuando aprendemos a decir “me quiero”, empieza cuando alguien nos enseñó, sin palabras, que éramos dignos de amor desde el primer día.
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